Mudanzas


Sometimes you make me feel 

Like I’m living at the edge of the world
Like I’m living at the edge of the world
“It’s just the way I smile”, you said

Plainsong, The Cure

*

No hay ninguna piedra en el camino
que me enseñe mi destino
y tus manos
o estas ganas de pelear

Algún día, La Leche

*

Sé que algún día podré volver a caminar
pero hoy estoy destrozado,
sé que volveré a nacer.

Vamos a ver quién puede más
si la cruz de mis espaldas
o estas ganas de pelear.
Vamos a ver quién puede más
si la luz de la mañana
o estas ganas de pelear

Pesadilla, La Leche

 

Mudanzas

versión PDF

Parque Central

1

Ella

La brisa de la madrugada golpeaba con fuerza la ventana cerrada cuando Á perdió el sueño, se sentó en la cama y se dedicó a mirarla a su lado, dormida de espaldas. La desnudez de ella, iluminada por las luces de la torre este de Parque Central, la que se incendió cuando él todavía no vivía allí, al descubierto por las sábanas deslizadas al piso por el gustoso desorden de las horas previas. Tenía pocos meses con la chica, y la observaba con esa fascinación del que va explorando lo nuevo, del que se va familiarizando con las particularidades del cuerpo que se besa y se posee. Repasaba en sus sentidos el sabor de la piel canela de ella, miraba las ondas del cabello corto, la forma ondulada de los pechos, la curvatura poco acentuada de las caderas y la firmeza de los muslos a lo largo de la cama que empezaba a compartir con ella una o dos veces a la semana.

Á se acercó hasta el cuerpo de ella y deslizó su mano por la cintura de la chica, luego sus dedos y su boca siguieron el arco de la espalda y culminaron el recorrido en el cuello de ella, que emergió del sueño y se reclinó para exhalar un suspiro, la besó detrás de la oreja, el cuerpo entonces sobre el de ella seguía el ritmo de su jadeo, le haló su cabello corto, mordió su cuello, ella logró girarse y a ciegas sus manos apretaron los hombros de Á, se estrechó al cuerpo de él, correspondió a los besos y en una pausa breve él le preguntó:

—¿Me amas?

—Sí, Á, te amo. Te amo, te amo.

 

2

La mudanza

Espero en la cola del ascensor para subir con la carretilla. Luego de varios «viajes de mudanza» estoy exhausto y me reconforta pensar que este será el último que haga antes de entregar las llaves y marcharme. Abajo en el estacionamiento aguarda Carlos en su carro, un Bora que mi insistencia convirtió en un improvisado camión de mudanza; arriba solo quedan algunas pocas cajas y el dueño del apartamento y su esposa que, tras ser inflexibles con la renovación, prometieron ofrecerme unas palabras de despedida.

Hubiera querido decirles que se las ahorraran, que les aplicaría la misma ley injusta que dictó el gobierno de su presidente-comandante para «proteger» a los inquilinos y joder a los propietarios (consiguiendo el efecto contrario: joder a los inquilinos, porque fue el temor a esa ley la razón por la que no me renovaron), y que me tendrían que sacar a las bravas, en un proceso de inquilinato que se podría extender hasta que un juez perezoso le diera la gana de dictar sentencia; pero en realidad esto no va conmigo, tengo un escrupuloso (¿ridículo?) sentido del respeto hacia los mayores que me mantuvo callado y mi silencio fue interpretado como una aprobación de la despedida.

Odio las despedidas solemnes porque hinchan las tristezas, porque solo sirven para recordar lo que se fue y pudo haber sido, lo que hay ahora y no nos convence del todo, lo que viene y no sabemos qué es. Prefiero los finales sin protocolo, el dejar que las cosas se hundan sin glorificar las derrotas. Tal vez haya en esto de no enfrentar las cosas algo de cobardía velada. Los hay quienes prefieren la pompa del sino, la confrontación directa, las discusiones que incendien los cabos sueltos e impidan cualquier posibilidad de recuperar algo entre las cenizas. Qué sé yo. Suficiente tengo con marcharme a un lugar que no me convence para tener que enfrentarme al peso de la despedida.

Mientras pienso en estas cosas el balón escapado de los pies de unos niños choca contra la carretilla, y tras él corre el hijo de una antigua vecina de El Tejar. Ella conversa con alguien más atrás de la cola, me mira pero se nota que no logra acordarse de mí; hace tres años que me mudé de una habitación en aquel edificio aledaño a un apartamento solo para mí, aquí en el Caraota; ella acababa de dar a luz cuando llegué a Parque Central, hace cinco años, cuando yo apenas era un estudiante más de Derecho en una de las universidades del montón y que saltaba de una residencia a otra desde que la separación definitiva de mis padres me obligó de manera indirecta a vivir por mi cuenta desde los veintiuno.

Devuelvo el balón al juego, el niño se aleja balbuceando palabras que presumo son de una estrategia imposible de llevar a cabo en el campo real, y me doy cuenta de que no hay necesidad de palabras de despedida para que sobre mi cabeza se desplome el peso de lo que se va, de lo que estoy dejando atrás, en otro tiempo, en otro terreno de juego.

Cuando supe que tendría unos pocos meses para mudarme pasé las siguientes semanas deseando lárgame de aquí, de cerrar una etapa que parecía perpetuarse entre las ruinas de un complejo urbanístico que bien podría representar a pequeña escala lo que es Caracas en general.

Pero cuando llegué a la antesala de la marcha, algo ocurrió. Algo más allá de la dificultad de un joven profesional para conseguir un apartamento en alquiler en una ciudad como Caracas. Lo que siempre ocurre cuando debes abandonar un lugar donde viviste tanto: esa combinación embriagante de creciente nostalgia, temor, vértigo. El proceso de mudarse implica profanar un pasado que creías enterrado y exponerlo ante la mirada aguda del presente. Es como volver en el papel de verdugo a la escena donde cavaste una fosa y tener que exhumar uno a uno los recuerdos que creíste dejar para siempre varios metros bajo tierra.

Si bien llegué a odiar a Parque Central, ahora se me hace difícil tener que irme de este lugar. Porque aquí vi muchas veces el hermoso ocaso de Caracas, aquí me levanté muchas madrugadas para ir a la universidad en el extremo de la ciudad, aquí pensé en hacerme un futuro mejor, aquí la traje a ella, aquí me enamoré de ella, aquí me jodió ella, aquí enamoré yo, aquí jodí yo, aquí bebí en brindis de triunfos y nostalgias, esnifé en largas madrugadas tristes, destrocé muebles, abrí puertas a desconocidas para borrarla de mi memoria y en cambio me aferré más al recuerdo de ella, grité, lloré, soñé con matarme, canté, lancé botellas por las ventanas, todo ello en un tiempo en el que había emociones que ya no consigo por más que las busque con la única que me queda: la desesperación.

 

Ocaso en Parque Central, Caracas

El ascensor llega a planta baja, estoy paralizado, estoy fastidiado. Imagino que ingreso contra mi voluntad al ascensor y éste, en lugar de subir, se desploma varios piso bajo tierra, y en el descenso brutal, cual flashback de película cursi, aparecen imágenes de mi pasado aquí, de la primera vez que vine al Museo de los Niños con mi mamá, de la ocasión en la que visité a mi papá en su oficina, en una empresa en la que años después yo también trabajaría, de lo mucho que me gustaba la arquitectura de Parque Central y el Museo de Arte Contemporáneo cuando se llamaba Sofía Imber, de las ganas que siempre tuve de vivir algún día acá, el lugar que alguna vez fue, como se repite con nostalgia o exageración o simple estupidez, de la bohemia caraqueña.

Las personas en la cola protestan, me piden que avance. Un señor unos metros atrás, alguien que seguro me ha visto haciendo la mudanza, me dice que si quiero terminarla debo moverme y no quedarme detenido, que detenido no voy a ningún lado. Pienso que lo contrario, moverse, tampoco ayuda. Después de tanto errar llega un momento en que todo paso hacia delante no es un avance, no es un progreso, no es una aproximación hacia un destino donde las cosas serán mejor —o al menos no tan malas—, sino que es un distanciamiento, que te mueves pero alejándote de todo, llegando a ningún lugar, siendo un nómada de una ciudad que tratas de conocer pero que se empeña en no ser amable contigo ni con nadie, como queriendo decirte que no eches raíces aquí, ni allá, que el suelo por todas partes es infértil, que no eres de ningún lado y que no serás bienvenido en ninguna parte.

 

3

Mudémonos

Esperaban en una sala pequeña y de paredes blancas.

Á lucía inquieto, consultó su reloj, miró hacia la mesa de centro, revisó con la mirada unas pocas revistas decorativas.

Ella revisó su agenda, también se escapó de su trabajo para estar allí; esperaba emocionada a que se abriera la puerta y le dieran buenas noticias. Ella fue la de la idea de ir allí. Miró a Á y sonrió dulcemente.

—Si el resultado es positivo tendríamos que vivir juntos —dijo Á, rompiendo el silencio, intempestivo.

—¿Y si no lo es?

Á dudó. Habían vivido en las últimas semanas lo que muchas parejas tardan meses o incluso años en vivir. De su relación anterior le quedó la prudencia, la actitud sosegada, las decisiones mesuradas. Y creía que era demasiado pronto para vivir con ella.

—Alquilar juntos un apartamento implicaría mayores gastos de los que tenemos ahora viviendo en habitaciones. No te quiero someter a esos gastos. No por ahora.

La puerta se abrió a medias y se asomó un hombre rollizo y con una camisa de flores y, atropelladamente, los invitó a pasar a su oficina. Con una sonrisa desagradable destacó la juventud de la pareja; abrió un catálogo con fotos de apartamentos económicos en alquiler en la zona de Parque Central, La Candelaria, San Bernandino. Dio precios y por último solicitó un número de contacto.

Ella le dio un número falso, ambos agradecieron y se marcharon.

 

4

Amaia

El dueño y su esposa han salido. Una nota sobre la nevera indica que volverán en media hora. El tiempo me da para evaluar los deterioros que ya no pienso pagar. Tener que pagar el depósito para mudarme a un microanexo me ha dejado con mis ahorros por el suelo. Entre los deterioros están los rasguños de las gatas en el sofá. Lo peor ha sido tener que desprenderme de ellas. Pobres gatas. En los últimos meses me habían confirmado que las mascotas nos demuestran una fidelidad que los humanos solemos defraudar. La grande ha tenido suerte y se ha ido a un buen hogar; el asunto con la pequeña —la que una noche apareció en la puerta de mi casa, enferma, sucia, desnutrida, y que literalmente salvé de una muerte segura— se ha complicado, y aguarda de manera temporal en casa de Amaia.

Las cosas con Amaia no marchan bien para pedirle que se quede con la gata unos días más. Llevamos semanas donde apenas nos comunicamos; la situación de esta mudanza, con la tensión que acarrea, es algo nuevo para ella, algo extraño de asumir para una chica que cuenta con un respaldo económico y familiar más holgado del que yo he tenido. Me gustaría recibir al menos una pizca de apoyo de Amaia, pero ante su confusión he preferido no angustiarla más de lo que ella se angustia sola, y apenas le hablo de esta mudanza. Confusión que en ocasiones se ha transformado en reproches: cómo es posible que no tengas claro adónde ir, cómo haremos ahora para tener un espacio nuestro si estás pensando en irte a un lugar donde no permiten visitas, no estás pensando en mí, Á. Sucede algo extraño: a medida que descubro este lado oscuro de Amaia, valoro más el mejor lado de Mónica, aquel que en algún tiempo pensaba en nosotros y no solo en ella —aunque finalmente este fue el que prevaleció.

Me asomo por la ventana y pienso, con ese shoot de arrogancia y prepotencia que te inyectas en los momentos de bajón anímico, que esta es la última vez que lo haga y vea el botadero de basura en el que los vecinos de los pisos superiores han convertido el saliente de este apartamento; pienso también que no conviviré más con unos vecinos que lanzan sus mascotas muertas por el bajante de basura ocasionando que se tranque y que la pestilencia recorra todos los pisos; que no sufriré las colas para subir en el único ascensor que sirve a una población repartida en veinte pisos residenciales, ni temeré ser asaltado una noche cuando llegue tarde, ni le veré más la cara al dueño ni a su esposa impertinente, la que me dijo, cuando les pedí que me dejaran un año más porque no había opciones de alquiler, y que incluso pagaría el doble, que no, que quería montar una oficina de cubículos en este apartamento exclusivamente residencial, y en una muestra de morbosa gentileza me invitó a mudarme a una habitación para estudiantes.

 

5

Ella se muda

Á se llevó las manos al cabello; estaban sentados en la cama. Ella se levantó, se asomó a la ventana, miró la torre quemada y de espaldas le preguntó si quería que se fuera.

—No lo hagas.

Se acercó a él y lo abrazó, insistió en que las cosas no cambiarían porque ella hubiera decidido mudarse con su hermana al extremo de la ciudad. Era un hermoso apartamento que originalmente un amigo de ella les había ofrecido. Á y ella lo habían descartado por estar muy alejado del centro y por el precio.

 

 

6

Mudarse en un país como Venezuela

Y, tristemente, en ese momento pensé que quizá la vieja tuviera razón. Que tuviera que pasar de un apartamento a vivir en una pequeña habitación. Los dueños de este apartamento son chavistas y abogados, y apoyan con la fe del fanático a su presidente-comandante, pero cuando una vez les pedí opinión sobre la nueva ley de inquilinato le dieron miles de vueltas para justificar que una ley como esa no se la podía aplicar a ellos, y que ley estaba hecha con muy buenas intenciones.

Pues el camino al infierno estaba lleno de ellas.

Una ley que obliga a los propietarios a inscribirse en un registro para poder alquilar un apartamento cuyo canon de arrendamiento se lo impone unos burócratas, y que le da la oportunidad al inquilino de quedarse cuantos años quiera en un apartamento que no le pertenece, no es precisamente una ley justa, aunque crean que tiene buenas intenciones. ¿Saben cuál fue el resultado? El que toda la gente sensata previó: extinción del mercado del alquiler por el temor de los propietarios de perder sus propiedades y el de dejar a la clase media y los jóvenes, que son precisamente los que alquilan, en una situación de extrema gravedad.

Imaginen a un joven profesional recién graduado, que está empezando a trabajar y que quiere independizarse, busca en los clasificados anuncios de apartamentos y se consigue con precios hinchados porque en un país como Venezuela la inflación impide el ahorro y solo queda hacer dinero de dos formas: comprar casas y carros y venderlos a sobreprecio. Es así que te consigues con precios ridículamente imposibles de pagar ni siquiera para alguien que tiene un sueldo de diez años de trabajo como yo. La locura total.

¿Cómo puede progresar un país cuando sus jóvenes deben seguir bajo el amparo de los padres y no pueden construirse una vida propia? En otros países normales y serios, irse de casa es casi una obligación, pero una obligación que se puede costear. Con ello, se genera una masa de jóvenes ambiciosos y destinados a forjar un mejor futuro para ellos y, de esa manera, consiguen mover las economías de sus países.

Acá tenemos una situación de parálisis, y lo peor de todo, estimulada por un gobierno con muy buenas intenciones. Vaya manera de ayudar a los más débiles. En unos pocos meses son las elecciones y espero que toda esta estupidez de gobierno de un torpe Robin Hood acabe. Si gana, no sé qué hacer, quisiera ser uno de los que dicen que me voy de esta mierda y comienzo de cero en otro país, pero conozco lo terrible de la emigración como para tomarme con frivolidad el me iría demasiado de Venezuela.

Dejo de pensar en esto, llegan los dueños que no me quisieron renovar porque me vieron como un peligroso opositor que podía usar en contra de ellos una ley chavista. Qué risa.

—Hola, mi esposa y yo te queremos decir…

En mi mente la imagen fija de unos campos de trigo de Kansas, música de Kevin Johansen, una de sus canciones más pangolas, y me desconecto de palabras que no me interesan oír. Ya sé que me faltan unos minutos para irme de acá.

 

 

7

Adiós

Ella deja de reír, detiene los juegos de Á de hacerle cosquillas y se aleja a un extremo de la cama, suspira con incomodidad.

—Sabes a qué vine. He pensando en esto, en nosotros.


 

 

 


—Si esa es tu decisión…, haz lo que quieras.

Nunca lo había visto destrozado. Apenas se le oía la voz, apenas se le veían los ojos enrojecidos entre las manos que apretaba contra su rostro. Al borde de la cama, con los pies colgando, parecía un niño al que acababan de regañar.

Sabía que Á esperaba lo peor para esa mañana; ya ella le había dado señales en los meses previos. Señales que él había ignorado adrede. Había intentado un rescate que nunca fraguó. Como suele ocurrir, los dos habían postergado la cita de hoy.

Ella tomó su cartera, no tenía más que agregar a lo poco que dijo, miró una última vez a Á, había mucho dolor en mirada de ella pero no lloró, y se marchó del apartamento.

 

Banco en Parque Central

 

8

Todo comenzó aquí, todo terminó aquí

Me voy del apartamento y antes de bajar al estacionamiento paso por última vez frente al banco donde todo comenzó. Aquella tarde en que, sentados en ese banco, mi mamá me entregaba las sábanas que me lavaba en su casa y bromeó con los cabellos largos que consiguió diciendo que le dijera a mi amiga que no dejara tantos cabellos en la cama, cuando en realidad esos cabellos no eran de Mónica, sino los de alguna anónima que habré llevado en mi ropa sin darme cuenta, porque hasta ese día no había pasado nada con ella.

Todo comenzó allí. En ese banco de Parque Central junto al restaurante de los chinos y unas escaleras eléctricas sin funcionar. No esperaba nada de aquel lunes de septiembre hasta que Mónica me llamó más tarde para decirme que se sentía muy sola, que su casera se había ido de viaje a España, que estaba además muy triste por su reciente ruptura y que me agradecería mucho si yo podía acompañarla esa noche. Sonará cursi decirlo, pero en esa llamada sin proposiciones hubo cierto magnetismo, cierta complicidad o no sé cómo definirlo a estas alturas, que me impulsó a decirle que sí, que ya iba a su habitación en un edificio cercano al mío, que me tenía allí, que me esperara abajo, que había llegado, que la vi bajar con una arrugada camisa blanca de oficina, con los cabellos rulos cubriendo su rostro, dando tumbos por el vino que bebía, por las copas que me invitó, por la música de Billy Se Fue que sonaba mientras yo me atreví a recorrer con mis manos sus piernas, a abrirle la camisa, a mirar sus hermosos pechos, a besarla por primera vez, a responder que lo hagamos, a desnudarla, a desnudarme, a mirarnos por primera vez, a bañarnos juntos en la madrugada por primera vez, a tantas noches más que sin querer trazamos en aquella noche de improvisación y que la mañana siguiente nos puso a pasar apuros, buscando informaciones en internet sobre pastillas, a llamadas cómplices el resto de ese día, a cariños inesperados después, a salidas que empezaron a ser rutina, a mensajes de buenos días por las mañanas, a risas compartidas por las tardes, a cenas juntos en el Subway cercano a nuestros edificios, a fines de semana en la habitación de ella o en la mía, a planes de vivir juntos para no escondernos más de nuestros caseros y que no se dieron, a mis temores de formalizar una relación, a mis cuestionamientos de un nuevo empleo que ella buscó sin importar mis advertencias que luego se cumplieron, a los primeros distanciamientos, a las primeras amarguras, a la lejanía tras nuevas mudanzas por separado, a la imposibilidad de vernos tan seguido como antes por tener diferentes horarios, a los mensajes de ella cuando regresaba de su trabajo en Guarenas al filo de la medianoche para decirme que había llegado bien y mis respuestas de lo mucho que la quería, querer porque la palabra amor siempre fue un temor pronunciarla para dos personas que venían heridas de relaciones previas, tan solo una vez escapada de sus labios, y luego un te amo triste y melancólico que le dije cuando ya no era mía, a los últimos intentos también desesperados por rescatar nuestra relación, a mi invitación tardía para que se mudase conmigo, a mi invitación derrotada de viajar juntos, a mis sospechas de que me engañaba, a la ruptura el día del concierto de Misfits, el peor concierto al que he ido por el pésimo sonido y por el dolor que llevaba, a mis semanas de extrañarla en mi apartamento cuyas paredes se hacían enormes, a mi insomnio y mi falta de apetito, a mi despecho llevado con el dolor de la silenciosa resignación, a enterarme que a los pocos días ya salía con otro, y mientras tanto yo abrí los brazos a personas equivocadas, luego la esperanza al saber que él rompió con ella al poco tiempo, querer volver con ella, intentarlo tanto tiempo, volver a reír con ella, verme otra vez con ella, salir de nuevo con ella como antes aunque sin que mediera todavía un beso, tan solo sonrisas y coqueteos y acercamientos que se vieron agotados cuando un nuevo hombre se cruzó en su camino. Todo esto comenzó en aquel banco, en aquel momento de risas con mi madre, con esa sensación de estar a punto de embarcarme en una aventura poco clara pero consciente de que sería emocionante.

Siempre rechacé los finales solemnes, y sin embargo llegar a este banco tiene un poco de eso, de despedida triste que nadie contempla, sin palabras que hinchen el llanto que llevo a cuestas, a solas en este lugar donde empecé ese largo recorrido que se convirtió en un viaje en el que fui jodidamente feliz, como nunca antes había sido, y que ahora dejo atrás, en los restos de ese Parque Central que fue escenario de mi amor con Mónica, que se queda con lo que tuvimos, y lo lamento, lamento mucho que no estés aquí conmigo, Mónica, para poder despedirnos por última vez.

 

Caracas, julio de 2012

 

 

La California Surf

 

 

Me pasa buscando Carlos; hemos quedado en ir a hablar de negocios en Sushi Town en Paseo El Hatillo. Llevo conmigo los documentos de la empresa que estamos estableciendo a los golpes, contra nuestra tendencia a desanimarnos fácilmente, y en nuestros ratos libres; hace una semana el presidente ganó la reelección y a diferencia de la mayoría de nuestros amigos hemos decidido quedarnos y embarcarnos en una empresa editorial.

No nos mueve el amor por la Patria, tampoco el optimismo de que las cosas mejorarán algún día y estaremos acá para disfrutarlo. En realidad no tenemos adónde emigrar con nuestro escaso dominio de otros idiomas. Mucho menos tenemos una carrera que se pueda extender en el exterior, a menos que se empiece de cero (y, otra vez: nos desanimamos fácilmente). Estamos encallados a este país llamado Venezuela, y en lugar de quedarnos de brazos cruzados y hundirnos preferimos sobrevivir por testarudez y orgullo.

Al entrar a su carro me comenta, sin saludos de por medio, que La California Sur sería un lugar genial para vivir. Llevo poco tiempo viviendo acá, en un microanexo incómodo que conseguí en el último momento. No me pude traer a mi pequeña gata, a la que tuve que conseguirle un nuevo hogar. Si tuviese una casa para mí solo no dudaría en responderle que sí, que sería genial. Igualmente, le respondo que sí.

Subiendo por El Cafetal para evadir las colas producidas por la lluvia y tener tiempo para hablar, en esas vías zigzagueantes y sin iluminación, me pide que le hable de lo que pasó con Amaia. Se acabó, así de sencillo. El silencio que sigue me obliga a contarle los detalles: que luego de la euforia de los primeros meses vino la calma que nos reveló que andábamos en otros ritmos de vida, y que por más que yo intentara hacerlos coincidir en algunos puntos, íbamos en direcciones opuestas, bailábamos con diferentes compases, y que lo intenté, que traté de rescatar la relación pero no vi la misma voluntad por parte de ella, le dije a Carlos, y que finalmente opté por alejarme de ella para darle oportunidad para que pensara con calma. En cambio fue Amaia quien al cabo de unos días me mandó un mensaje de texto con palabras hostiles para preguntarme que qué había pensando yo.

Podía haberla llamado para hablar, pero preferí responderle igual, por mensaje de texto. Se lo dije sin titubear:

 

No queremos seguir juntos, Amaia.

 

Amaia respondió molesta que era verdad, que no quería seguir, yo repliqué molesto que hice todo por mejorar las cosas. Ella me replicó a mí que yo me la pasaba cuestionando su manera de ser[1] y que tampoco yo era el mejor de los hombres,[2] que las cosas no funcionaron y ya, que me olvidara de esto, y que si quería que me molestara todo lo que me diera la jodida[3] gana. Las discusiones por mensajes de texto nos desestructuran, nos devuelven a los arrebatos de la niñez, a las peleas del recreo escolar, son un juego ridículo donde el ego de cada uno dice: «yo quiero ser el último que escriba». No sé cuántos mensajes más nos mandamos en esta idiotez hasta que nos fastidiamos.

Así terminó todo. Tampoco hubo despedidas solemnes, ni llantos, ni promesas de seguir al menos como amigos. Todo se limitó a unos mensajes de texto que quemaron cualquier posibilidad de reencuentro futuro. Una relación de casi un año y que prometía Grandes Momentos juntos encapsulada en unos mensajes de texto de tan solo ciento cuarenta caracteres. Qué cagada, Carlos.

Carlos se ríe con pesadez, lanza una frase misógina, de esas que los amigos se dicen entre sí no porque odien en realidad a las mujeres, sino como consuelo fraternal para el dolor que dejan las rupturas. Entre risas, recuerda la profética advertencia que me soltó una vez: «Te vas a ladillar de ella rápido, Á», que no es más que la repetición de la advertencia que yo mismo le hice a él cuando el año pasado estuvo a punto de casarse con una venezolana-estadounidense con quien apenas tenía dos o tres meses de agitado romance a medio camino entre Caracas y Miami, y con quien pensaba mudarse lo más pronto posible al estado de Mickey Mouse y compañía. Nos reímos como idiotas, hablamos de la joyería maldita del Centro Plaza, aquella donde él fue a comprar el anillo de compromiso para su chica mayamera y yo zarcillos para mi hermosa Amaia, y que nos dejaron al poco tiempo. Nos prometimos llevar a amigos a esa joyería para joderles sus relaciones.

Entonces me pregunta si he sabido de Mónica; hemos pasado por el lugar donde ella vivía con la hermana, una típica urbanización del este de Caracas convertida en búnker.

Le digo que sí. Le digo que ya ella va para largo con él. Ha sido una relación larga comparada con la que tuvo con el tipo por el que me dejó, de hecho la más prolongada que ha tenido desde nosotros. Era algo que yo me lo esperaba: él tiene casi cuarenta años, ella va para los treinta. No sé si los dos son felices juntos, pero a esa edad uno no está para nuevas aventuras. Ahora que lo pienso, quizá ella le perdona cosas a él que mí no me hubiera perdonado. El tiempo apremia, y la novedad ya no importa como antes. Me embarco en la nostalgia y pienso que si hubiésemos pasado un año más juntos, si yo la hubiese comprometido en nuevos proyectos, en una perspectiva de futuro, tal vez las cosas se habrían dado de una mejor manera. Pero yo, con mi imbécil creencia de que una relación se basaba en el mayor grado de espacio que podías darle a tu pareja, le di tanto que cuando ella miró hacia mí había un enorme trecho que nos separaba. Era todo menos una relación de pareja. Éramos dos extraños que eventualmente compartimos intimidad. Carlos me comenta que las mujeres hablan de «espacio» pero en realidad lo que quieren es atención, no toman ese «espacio» como una muestra de respeto a su autonomía sino como desinterés hacia ellas. Pero bueno. Esta fue la primera relación que me llegué a tomar en serio, y erré muchas veces por descuido, otras por inexperiencia. Aprendí sobre la marcha muchas cosas que prometí no volver a repetir y que, igualmente, repetí con Amaia.

Nunca aprendemos ni con las peores vivencias. Por eso siempre terminamos hablando sobre el mismo tema. Tanto Carlos como yo nos contamos a menudos nuestras relaciones desastrosas. Las suyas más que las mías. Llegamos a la entrada del centro comercial de La Lagunita con la conclusión que no nos decimos pero intuimos de que somos un par de egoístas, malhumorados y que no sabemos sortear la brevedad.

Caminamos hasta Sushi Town en un centro comercial vacío, como si fuese una visión futurista de lo que le aguarda a la ciudad, o a parte de ella, amenazada con el abandono de sus ciudadanos. Caracas ciudad de zombis. Apenas hay otras personas. En una mesa cercana, dos chicas hermosas intercambian miradas con nosotros. Nos sentamos en una mesa cercana a ellas, debajo del televisor que transmite un partido de grandes ligas y que seguro nos aturdirá. Me pregunta por las elecciones, me pregunta si creo que hubo fraude. Termino abrumándolo con mis teorías anticonspiparanoicas y yo mismo me fastidio con mi optimismo que uso como droga para no ver la realidad de lo jodido que estamos. Saco de mi bolso las carpetas de la empresa y las lanzo sobre la mesa, el eterno mesonero flaco y cabeza rapada con pinta de hiphopero llega y pedimos lo de siempre: dos vasos de Nestea de limón, un Terremoto roll para mí y un Dinamita roll para él, somos bien previsibles en esto, nos decantamos por los platos con nombres que aluden a la destrucción que llevamos a cuestas. Me río yo solo de esto.

Carlos intercambia nuevas miradas con las chicas, se fija en la pelirroja y me dice que irá al baño para ver qué tan presentable está. Yo me fijo en la morena de lentes hipster, me parece haberla visto ya antes en otro lugar. Tal vez haya sido así. En una ciudad tan pequeña como Caracas a diario nos topamos con gente que en algún momento formarán parte de nuestro particular tránsito por este modo de sobrevivencia al cual nos hemos adaptado. Entonces llegan dos hombres y se sientan con ellas. Intercambian besos de saludo y se sumergen en alguna divertida conversación que deriva en rápidas risas que se convierten en eco en el enorme centro comercial vacío.

Carlos regresa, ve la escena y dice qué cagada, Á. Pero ni modo, esta noche no es para embarcarse en nuevas aventuras, pienso yo.

—El tiempo apremia —dice Carlos, no sé a qué venía eso, pero de inmediato se enfoca en los papeles y señala los puntos a cambiar para el nuevo documento constitutivo de la empresa.

Ciertamente, el tiempo apremia y ya no hay espacios para tantos cambios, para tantas mudanzas. Para ser parte de una especie que mucho le debe a la evolución, a la constante adaptación a lo nuevo e inesperado, creo que ya he entrado en una etapa en la que solo quiero un poco de paz, un poco de tranquilidad y menos sobresaltos en esta vida. «Son los juegos de Neptuno, quién sabe cuanto habrá que remar», pienso en esa canción calmada de Cerati, lo vi en su último concierto, aquí en Caracas, a pocos metros de mí y de Mónica, y sonrío para mí mismo.

Nunca sabes lo que espera después de la última canción; al menos has pasado por buenos momentos, y está bien así.


[1] Solo le pedía que no anduviera tan indolente por la vida y que tuviera ambiciones; vaya maltrato.

[2] Me llamó engreído y arrogante; acusaciones que no puedo levantar.

[3] No dijo jodida, este es un aporte mío a la conversación; Amaia era dura y malcriada, pero también muy refinada como para decir tales palabras.

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