La inocencia peligrosa del sospechoso

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Me acaba de ocurrir un suceso extraño. Es sábado, las calles de Chacao están vacías y yo entro a una farmacia a comprar algo de beber. Mientras pago en la caja, observo que a las afueras va formándose un corro de vigilantes privados; cualquiera creería que acaban de ubicar el escondite de un peligroso terrorista y se aprestan a su neutralizaciónpero cuál es mi sorpresa: el objetivo que apuntan soy yo.

Al salir, el vigilante viejo de la farmacia le dice al jefe de los vigilantes recién llegados, entredientes, casi que en código secretoes él, y entonces el capo de la vigilancia me impide el paso, le pregunto que qué ocurre y él me responde que acaban de robarle el celular a una chica en un restaurante de un lugar de donde no vengo y que tengo las características del delincuente: chaqueta negra (llevo chaqueta marrón) y lentes oscuros (los cuales sí llevo puestos). Una señora vigilanta se comunica por radio y dice lo hemos atrapado y me mira con cara de odio, con cara de maldito, ahora la vas a pagar por tus crímenesQuienes me conocen saben que soy un tipo que da la cara y que busca el diálogo, no la confrontación. Pero es sábado. Estoy saliendo de una farmacia de comprar una bebida. Me retienen sin pruebas. Me señalan. Y, lo peor de todo, me someten al escarnio en un lugar que frecuento, donde pasa gente que me conoce (afortunadamente, es muy temprano y no hay nadie en las calles).

Se me sale el malhumor. Le digo de mala gana que traigan a los testigos y que después (señalando uno a uno a los vigilantes, y en especial a la vigilantame tendrán que pedir disculpas. Que soy abogado y que conozco mis derechos. Al decir que soy abogado los ánimos del grupo se bajan. Lamentable forma de que otros te respeten: el que no tiene profesión está arruinado. Le digo que no tengo problemas de ir al lugar para que la testigo me reconozca, pero que solo iré si el grupo de vigilantes se dispersa y me acompaña uno solo de ellos. El jefe del grupo manda a irse a los demás, ahora es el policía bueno que dialoga conmigo, que me dice que puede ser un mal entendido pero que entienda que él cumple con su trabajo, le digo que lo comprendo. Sé que cumple con su trabajo de representar el orden.

Llego hasta cerca de la escena del crimen y entonces, entre todo el corro de vigilantes que se había dirigido de vuelta, aparece el policía malo: un vigilante-gorila que venía con el puño cerrado listo para golpearme o simular que me iba a golpear. No me inmuté. Lo miro directo a la cara. Otro vigilante lo detiene. Aparece la testigo y, tal como lo esperaba, no tarda ni cinco segundos en decir que yo no era. Disculpas llueven. Lo sentimos mucho, doctor, pero debe comprender… Vuelvo a la calma, retorno al diálogo. Aunque no me corresponde, les pido disculpas por mi actitud grosera de hace un momento, y les digo que entiendo que hacen su trabajo de vigilar e informar sobre delitos, pero que se equivocaron en las formas. Que no se detiene a un inocente en medio de una calle generalmente transitada, ni en ninguna, y se le somete al escarnio de ser culpado sin pruebas. Imagínate que en lugar de este jefe de vigilantes, medianamente sensato, me hubiese detenido el vigilante-gorila que venía con el puño cerrado. Las palabras se hubiesen perdido entre golpes de ida y vuelta. Les digo que ojalá detengan al delincuente y les pido que lo denuncien a la policía, porque el crimen prospera si nadie denuncia. También, les pido que tengan cuidado con ese vigilante-gorila. Que la falsa idea de justifica puede revertírsele al ajusticiador.

Inevitablemente, pensé en esta situación: pongamos este hecho en otro contexto y con otros actores. Es viernes por la noche, una persona va llegando a su casa, llega un grupo de policías cansados y mal pagados y lo detienen. Le dicen que sus características corresponden a las de un tipo que acaba de robar. Las cosas se salen de control, y un policía malo saca su revólver y mata al inocente. La inocencia del tipo terminará oculta entre un titular que dice: muere en un barrio de Caracas delincuente en un enfrentamiento con la policía. Alguien leerá esto y dirá: qué bueno, así van terminando con los delincuentes.

Pensé también en los linchamientos. ¿Cuántas veces hemos oído a gente celebrar este acto primitivo, bárbaro e injusto? ¿Esas personas que los justifican se han detenido a pensar que la víctima del linchamiento pudo haber sido un tipo inocente como yo que fue detenido, culpado y juzgado por otro gorila como este? En un país hipersensibilizado por la delincuencia,las normas parecen haberse vuelto una cosa innecesaria y que es mejor evadirlas para irnos de una vez a la ejecución de una falsa justicia basada en el uso de la fuerza, en la acusación sin pruebas y en la negación a la defensa. Vaya peligros los que corremos cuando estamos en el lugar equivocado y, peor aun, si nos conseguimos con los defensores de la justicia equivocados.

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