Justicia manchada de sangre

El desenlace que ha tenido el caso del boxeador venezolano Inca Valero no debe alegrar a nadie. Que un actual campeón mundial de boxeo con antecedentes de violencia doméstica haya quedado en libertad tras los claros indicios de inestabilidad que demostraba, al cabo de unas pocas semanas asesine a su esposa en un hotel y que posteriormente se suicide en la cárcel es a todas luces una tragedia atroz. ¿Sobre quién cae la responsabilidad de este auténtico baño de sangre? Es una tragedia que se pudo haber evitado si tuviésemos un sistema de justicia saludable y que no actúe sometida a condicionamientos. Que nadie se llame a engaños: su liberación hace semanas fue motivada por razones políticas y de renombre, a pesar de todas las sospechas en su contra. En cambio, el sistema es más inquisidor para otros venezolanos (caso Oswaldo Álvarez Paz, quien está detenido y sin posibilidad de salir libre sólo por haber opinado en un programa de televisión la supuesta relación del gobierno nacional con grupos terroristas). Un sistema judicial no puede actuar de esa forma. Hoy las simpatías políticas de Edwin Valero son la causa de su trágico y triste final, el de su esposa y el de la miseria a la que han sido condenadas a vivir sus dos hijas menores de edad. Hoy más que nunca nuestros jueces tienen las manos manchadas de sangre.

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