Emancipación juvenil a la venezolana

En los países normales (que no es el caso de Venezuela) al llegar a determinada edad todo joven piensa en irse de la casa de los padres. Las motivaciones son diversas: ganas de formar una familia propia, de establecer sus propios vínculos sociales, de hacer una vida propia sin la guía de los padres, etc. Eso es en los países normales donde hay posibilidad de acceso a un mercado variado de viviendas con precios sensatos (ya sea de alquiler o venta) y con trabajos cuya remuneración sirve para asumir tales costos. En Venezuela, el precio del alquiler de una vivienda medianamente decente triplica el salario mínimo, si es que acaso se consigue y si es que se tiene la posibilidad de pagar todos los requisitos cada vez más inflados que te exigen, por ejemplo, el pago de cinco cuotas por adelantado (y, en las actuales condiciones, el mercado de alquiler es muy reducido). Uno se termina convirtiendo en un rehén de un canon de arrendamiento que te impide ahorrar para otras cosas. Ni hablar de comprarse una vivienda: a menos que tengas la fortuna de contar con una herencia o una familia generosa, hacerlo para alguien que ha decido vivir solo es casi una quimera. Son cada vez más las personas que van llegando a los treinta viviendo con sus padres y sin la menor intención de poner un pie fuera del nido. En fin, las razones que antes expuse son suficientes como para rechazar aventurarse a vivir una vida propia. Las experiencias personales (en mi caso, que decidí lanzarme fuera de casa de mis padres a temprana edad) alertan a cualquiera de mis conocidos de meterse en esto. La libertad cuesta, y cuesta mucho.

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