Elegía a Luisiana Camps

Imagen tomada de Flickr

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En una nota dejada sobre la cama leí tu delgada letra, temblorosa como cuando te encontré por primera vez sentada sola a la sombra de un enorme castaño, y tus manos recorrían una hoja y un lápiz pequeño y risible formaba temerosamente la figura de una gran ave, y me decía que te marchabas por un tiempo, que habías despertado del sueño que pasaste días en mi cama para regresar a la compañía de tu marido, porque al final buscabas la estabilidad y yo te ofrecía a cambio el desorden y así, sobre sábanas maltrechas, hallé tu nota, pequeña y sin adornos, y te confieso que la besé, besé cada letra porque al extremo de ellas imaginaba tus dedos finos escribiendo entre lágrimas esa nota de abandono y podía sentir en mis labios que te besaba las manos y que tus manos se hundían en mi cabello y grité al vacío tu nombre que nunca más oirías de mi boca que tantas veces tocó tu piel, tu piel que temblaba como temblaban al dibujar un animal que me contaste que tenía la libertad que seguro ansiabas, esa libertad que traté de darte en cada caricia y en cada abrazo y sentía tu hermoso cuerpo amoldarse a mis brazos y noté que mi voz temblaba y te soltaba a tus oídos palabras que golpeaban como un zigzag que retumbaban en la humedad de tu cuerpo y sentí tus caderas sobre mis caderas y cada letra que leía de esta nota se hundía en tu cuerpo imaginario que tenía en este momento y hundía más aun cada letra de gozo que te solté tantas veces en que te di momentos para ser libre, en un lenguaje seco y robusto que tardarían siglos en traducir en palabras necias y lejanas al fervor con que solté cada letra y así la nota en mis manos temblaba y la estrechaba contra mi pecho y mi corazón saltaba al sentir tu cabeza sobre mi pecho y besar tu cabello y oírte decir cada madrugada de silencio tras paseos en que siempre solías llevar un tenue vestido rosa que abandonarías a tu esposo y te marcharías en el sinsentido del vacío porque la vida misma es un falso relleno para acallar las mayores pasiones y te amaba y sentía tus pechos en el calor de mi pecho y sinceramente te amaba y me quedaba ahora una nota que rellenaba la silenciosa soledad en la que quedaba y grité tu nombre… grité tu nombre y saboreé por última vez las letras de tu nombre con el placer del que disfruté de tu piel mientras eras mía en el desorden al que renunciaste por vivir la vida. No había ecos. No había sombras. No había quien oyera mi llanto. En ese momento, estarías llegando a tu casa, saludando a tus hijos y besando a tu marido… El silencio era sólo mío un amanecer sin sentido y lo único que me quedaba de una miserable nota era un sueño del que tan sólo despertaste para continuar una necia comedia.

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Comentarios

  1. María Fernanda Osorio

    Quería que me miraras, pero había tijeras en tus ojos, quería que me tocaras y tus manos se volvieron piedras, y así medio a ciegas, quería que me dijeras una sola palabra, y lo único que pude escuchar fué mí sonrisa hecha gaviota en tu vientre.
    Luego quería que me besaras, que te volvieras espejos sin esquinas, que te lanzaras en mí vacio silencioso, que te entendieras con mí cuerpo de manzanos desnudos, que camiraras con pasos horizontales mí eterno llanto herido de tú dolor inmerso en mí, donde reposa todo río inmontado, de mí vientre que te convierte en fuego exparcido volátil y extenuado hasta el hogar sin rumbo que dí.
    María y Jairo Osorio.

  2. Álvaro Rafael

    Hola, María Fernanda, gracias por esta nueva visita comentada.

    Me agrada mucho más por el hecho de que ahora vienes acompañada, lo cual me hace pensar que lo que escribo debe, de alguna manera, despertar emociones y sensaciones que viertes (adecuadamente) en él.

    Pues bueno, todos necesitamos cariño, ¿no? Mucho mejor si ese cariño es cercano y físico y no vía electrónica.

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