Cuidado, Julian Assange te vigila

Julian Assange

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Un elemento importante para la caricaturización que se hace de la burocracia comunista en La insoportable levedad del ser (novela frecuentemente citada en este blog) de Milan Kundera es la delación y el espionaje. Era una práctica usual en la Checoslovaquia comunista que las autoridades del país instalaran micrófonos ocultos para grabar las conversaciones más triviales de los oponentes del régimen para luego difundirlas por la radio (práctica copiada en la actualidad por nuestro Gobierno, véase un día entero la programación de VTV).

Puedes ser una persona respetable como el escritor Jan Prochazka, uno de los líderes de la Primavera de Praga, pero bastaba con que la radio checoslovaca transmitiera discursos en los que decías malas palabras o hablabas mal de alguien para que la gente se «[indignara] más con su querido Prochazka que con la policía secreta». Porque a pesar de que «la gente emplea palabras groseras de la mañana a la noche (…), cuando oye hablar por la radio a una persona conocida, a la que aprecia, utilizando la palabra “mierda” en cada frase, se siente decepcionada».

El Estado comunista checoslovaco estaba siempre pendiente de cuidar las frágiles mentes de sus gobernados. Y las frágiles mentes se escandalizaban y exigían castigo. Eso justificaba la instalación de micrófonos ocultos.

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En los actuales momentos pareciera ocurrir algo similar con WikiLeaks. Y, como pasaba en la novela de Kundera, acá la gente se escandaliza ante las malas palabras de los funcionarios diplomáticos estadounidenses en lugar de horrorizarse de algo mucho peor: que otra vez hay micrófonos ocultos dispuestos a grabar y a transmitir nuestra privacidad (en este caso es la voz de un delator aparentemente movido por razones alejadas del deber por la verdad).

Así como los micrófonos checoslovacos, encargados de desprestigiar a los oponentes del régimen comunista mediante la exhibición del lado más vulgar de ellos, las «revelaciones» que WikiLeaks ha filtrado (como una novela de suspenso por entregas publicada en diversos diarios) no pasan de ser chismorreos que en su mayoría no aportan nada nuevo, ni siquiera son pruebas de delitos (no son Watergate ni las denuncias de maletines repletos de dólares que viajan en aviones del Estado venezolano), sólo son opiniones (muy desafortunadas, es cierto) de funcionarios diplomáticos, y hasta estos momentos opinar no es delito, ni siquiera cuando hablas mal de alguien (por eso no me extraña que los mayores entusiastas de WikiLeaks sean gobiernos de países que están estableciendo legislaciones para criminalizar la opinión [Gobierno de Bolivia habilita una página con material de WikiLeaks]).

Repito: lo que ha «revelado» WikiLeaks no aporta nada nuevo, pero en cambio destruye mucho.

Porque, en lugar de ponerse en favor del derecho a la libertad de información como lo hicieron con Asesinato colateral, estos documentos poco útiles dinamitan el delicado ejercicio de la diplomacia e inflan el ego de una persona que parece salida de una película de ciencia ficción como lo es Julian Assange, cuya vida está marcada por unos secretos que él no revelará (de hecho, borró su blog, al que sólo se llega a través de historiales web).

Como diría Walter Martínez (en su época vieja) los países no son amigos, sino aliados circunstanciales. Para que uno pueda vivir en un mundo medianamente tranquilo existe la diplomacia. Y la diplomacia se basa en establecer negociaciones muchas veces incómodas y se mueve como un elefante en una cristalería. En la diplomacia hay mucha hipocresía y conveniencias. Además, tampoco es secreto que los diplomáticos analizan las situaciones de los países donde están afincados y emiten opiniones a sus gobiernos. Eso no sólo lo hace EUA: lo hacen los diplomáticos de Venezuela, de Rusia, de Cuba, de cualquier país. Puedes no creerlo y unirte a quienes piensan ingenuamente que podemos vivir en una aldea de gentes desinteresadas. Pero no es así.

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Más allá de los cargos por los cuales se le está acusando (cargos que le fueron levantados el 20 de agosto, tres meses antes de la publicación de los documentos de la polémica), Julian Assange (y con él, WikiLeaks) violó algo sagrado que, al parecer, como que ahora no le interesa a nadie en esta época de sobreexposición en la que vivimos: el derecho a la privacidad.

El derecho a la privacidad, el derecho de poder comunicar en un entorno privado opiniones que no necesariamente debe conocer otro. En tu propia vida también hay cosas que no quisieras que otros sepan.

Cada persona tiene su propio espacio, donde actúa con la libertad de saber que no habrá micrófonos ocultos grabando. Los diplomáticos no son la excepción. Las opiniones que ellos han emitido, por lo que conocemos a cuentagotas por WikiLeaks, son opiniones. ¿Acaso tú no emites en una reunión opiniones que pudieran ser poco agradables para la persona que faltó? No creo que te gustaría que esas opiniones salieran de ese ámbito y afectaran tus relaciones personales.

Si se apoya a WikiLeaks justificando que actúa contra el país más poderoso del mundo, no veo por qué no se tendría que apoyar que el país más poderoso del mundo espíe y publique información de cualquier persona.

De hecho, a George W. Bush y Julian Assange los une la «defensa de la libertad», sin importar que para ello haya que violar el derecho del otro.

Creo que en lugar de andar defiendo a priori a Julian Assange y ver teorías conspirativas hasta en la sopa debería valorarse con más detenimiento el peligro de convertirnos en una sociedad a la caza de revelar los secretos de otros. Porque tarde o temprano los micrófonos apuntarán hacia ti.

PS: Lo que WikiLeaks hizo ya no se puede borrar, por lo que resulta reprochable el boicot asumido por empresas Amazon, PayPal, MasterCard, Twitter.

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