Planeta en fuego

Un blog de Álvaro Rafael

El blog

Contra las leyes antitabaco

Humphrey Bogart

No fumo porque me desagrada el olor a cigarrillo. De los muchos vicios que hay, el fumar me parece uno de los más estúpidos, por lo nocivo, por lo costoso que resulta financiar el consumo de varias cajetillas a la semana y por la evidente dependencia que genera. Sin embargo, nunca he criticado a ningún fumador por fumar ni le he pedido que deje el cigarrillo. Cada quien es adulto y tiene la libertad de decidir qué conducta asume, así como estar dispuesto a cargar con las consecuencias que le traerán. Por eso considero que las leyes antitabaco que actualmente van proliferando por el mundo (ya en Venezuela se aprobó recientemente una resolución) en lugar de hacernos un favor a los no-fumadores, lo que consiguen es que se comiencen a aceptar como «normales» leyes que penetran en el ámbito de decisión personal de cada uno de nosotros. El Estado, una vez más, asume el peligroso papel de buen padre de familia que tiene que protegernos a nosotros, seres sin voluntad e incapaces de valernos por nuestra propia cuenta, de lo malo que acecha por todas partes.

El peligro de la aceptación de leyes como estas, cada vez más restrictivas y severas, se encuentra en que parte de la sociedad empieza a adoptar conductas autoritarias y beligerantes al momento de defender sus posturas: sus posturas son que «los demás se adapten a las decisiones que ellos han tomado», en este caso, no fumar. ¿Esto es compatible con un sistema que llamamos democrático y plural? Lo es en la medida en que se pueda llamar democrático a que alguien que te obligue a consumir drogas, a afiliarte a algún partido político o a unirte a una confesión religiosa. No lo es. Un sistema democrático debería aceptar la libertad de cada persona y no imponer leyes que la restrinjan, ya que además está demostrado que cuando el Estado legisla en contra de algo, lo que está haciendo es promoviendo su consumo o incluso algo peor: creando nuevos delitos.

Fue el caso del alcohol. Nadie pone en duda que beber en exceso es perjudicial para la salud, ni tampoco que su consumo exagerado está asociado a conductas peligrosas para la convivencia social. Ya en Estados Unidos se trató de prohibirlo y lo que se consiguió fue expandir el poder y la violencia de las mafias. Finalmente, se desistió de luchar contra el alcohol y se optó por dejar que cada quien imponga el límite de lo que consume. Pasa lo mismo con el cigarrillo: nadie pone en duda que fumar mata, ni de los riesgos que corremos los fumadores pasivos. Por eso se había llegado a una decisión salomónica que, aunque discriminatoria, con el tiempo había demostrado ser aceptada: habilitar espacios para fumadores. Pero incluso estos espacios exclusivos están siendo suprimidos por las nuevas legislaciones antitabaco. Se convierte al fumador en un paria, en una persona merecedora del repudio social. Se olvidan que, en muchos casos, detrás del encendido de un cigarrillo hay una persona que busca apagar su ansiedad.

Así como la prohibición del alcohol demostró ser ineficaz con el tiempo, y hasta contraproducente, legislar en contra del cigarrillo no hará que la gente deje de fumar, pero lo que sí conseguirá es que aceptemos un control cada vez mayor de nuestras vidas y estaremos así renunciando a nuestra capacidad de decisión. Se puede decir que fumar es malo, y creo que todos lo sabemos, pero está en cada uno si decide encender el camino que le llevará al despilfarro y a algo mucho peor: a una enfermedad.