Andy Kaufman

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Se para frente al público en su papel de un tímido extranjero; los dedos de las manos le ondulan con ese temor propio del que padece miedo escénico, como queriendo asirse de algo para no terminar de caer. Pone el tocadiscos en acción: la apertura de Mighty Mouse suena.

El público mira, expectante, los intentos de arrancar a cantar la canción. Vacila una vez, una vez más, y de pronto estalla en voz silente y el brazo en alto, acompañando la letra: Here I come to save the day. El público estalla en aplausos, la risa revienta la sala oscurecida. Y así el acto de Andy se repite dos veces más, con ese brazo que describe en el aire una forma más propia de la tauromaquia que de la comedia.

Termina el breve acto entre ovaciones, lo recuerdo en su papel en Taxi, serie retransmitida muchos años después de su muerte tan surrealista, en un papel que tantas carcajadas me produjo, y me pregunto: «Pero ¿qué carajo es esto que aquí causa risa?»

El misterio del arte de Kaufman está en su facilidad para inventar la risa de la nada absoluta. Allí radica un talento casi bigbángnico. O nuestra facilidad para ser timados o incluidos en una representación sin que lo notemos. Cualquiera que sea la razón, su genio es incuestionable.

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